Capítulo 16 — La mujer de la bufanda verde
La vio antes de que Clara la viera a ella.
O eso creyó.
La bufanda verde se movía al viento como una pequeña bandera entre la gente del paseo marítimo. Había algo casi absurdo en reconocer a alguien por una prenda antes que por la cara, pero aquellos días habían estado llenos de símbolos pequeños: una taza, una llave, una persiana, una caja de música, una nota dentro de un libro azul.
Ahora, una bufanda.
Clara caminaba despacio, con las manos en los bolsillos del abrigo y la vista puesta en el mar. No parecía alguien que llegara corriendo a apagar un incendio. Parecía alguien que sabía que el incendio ya había ocurrido hacía tiempo y que ahora solo quedaban cenizas que todavía quemaban si una las tocaba sin cuidado.
Ella permaneció sentada en la arena.
No se levantó.
No pudo.
Tenía el bolso a un lado, el libro azul dentro, la nota doblada otra vez entre sus páginas y una frase ardiéndole en la cabeza:
“Si algún día conoces a Clara, no la odies por haberme querido antes que tú.”
Clara lo había querido.
Antes.
Aquella palabra era la que más le molestaba.
Antes.
Como si el tiempo lo explicara todo. Como si amar antes fuera menos peligroso que amar durante. Como si las heridas pidieran fecha exacta antes de decidir cuánto doler.
Clara se detuvo a unos metros.
La vio.
No sonrió.
No saludó con la mano.
Solo se quedó allí, respetando una distancia que, por primera vez, no parecía una delicadeza sino una deuda.
—No sabía si vendrías —dijo ella.
Su voz salió más fría de lo que esperaba.
Clara bajó la mirada.
—Yo tampoco.
El viento levantó arena entre las dos. Una gaviota pasó sobre el paseo con un grito breve, casi desagradable. El mar seguía yendo y viniendo detrás de todo, indiferente, enorme, sin pedir permiso para ser hermoso en mitad de una conversación difícil.
—¿Lo conocías? —preguntó ella.
Clara asintió.
No añadió nada.
Ese silencio le dolió más que una explicación larga.
—¿Lo querías?
Clara respiró despacio.
—Sí.
La palabra cayó limpia.
Sin excusas.
Sin adornos.
Sin “pero”.
Sí.
Ella sintió que algo se le cerraba por dentro.
—¿Y no pensaste que quizá deberías habérmelo dicho?
Clara miró el mar antes de responder.
—Lo pensé cada día desde que supe quién eras.
Cada día.
La frase no la calmó.
Al contrario.
—¿Desde cuándo lo sabías?
Clara cerró los ojos un segundo.
—Desde la primera vez que vi su nombre en tu pantalla.
Ella recordó la cafetería. La mesa junto a la ventana. El sobre con la llave. El móvil iluminándose. Clara sentada cerca, escribiendo en su libreta, dejándole frases como si fueran vendas.
—Entonces lo supiste desde el principio.
—Desde casi el principio.
—Y aun así te sentaste conmigo.
—Sí.
—Y me diste consejos.
—Sí.
—Y me hablaste de llaves, de esperar, de no confundirme con la culpa…
—Sí.
Cada sí parecía una piedra más.
Ella se levantó de golpe, sacudiéndose la arena de las manos.
—¿Qué era esto, Clara?
La voz le tembló.
No de miedo.
De rabia.
—¿Casualidad? ¿Culpa? ¿Una forma elegante de vigilarme? ¿Querías saber cómo estaba yo para saber cómo estaba él?
Clara recibió las preguntas sin apartar la mirada.
Eso la enfadó más.
Habría preferido que se defendiera mal, que levantara la voz, que hiciera algo que le permitiera odiarla con facilidad.
Pero Clara solo parecía triste.
Triste de una forma antigua.
—No —respondió—. No quería saber cómo estaba él.
—¿Entonces?
—Quería saber si tú estabas tan sola como yo estuve.
La frase la descolocó.
No quiso que la tocara.
No quería que nada de Clara la tocara todavía.
—No me uses para reparar tu historia.
—No lo hice.
—Sí lo hiciste.
Clara tragó saliva.
—Quizá.
Ese quizá fue peor que una negación.
Ella soltó una risa seca.
—Qué bonito. Qué honesto todo ahora.
Clara bajó la mirada.
—Tienes derecho a estar enfadada.
—No me des permiso.
La frase salió como un golpe.
Clara levantó los ojos.
Por primera vez, algo se quebró en su expresión.
—Tienes razón.
El silencio volvió.
Pero ya no era el silencio cómodo de la cafetería. Ya no era ese espacio tibio donde dos mujeres podían compartir una mesa sin invadirse. Este silencio tenía sal, viento y una verdad abierta de mala manera.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Cuándo estuvisteis juntos?
Clara miró hacia el paseo. Un niño corría detrás de una pelota. Una pareja mayor caminaba agarrada del brazo. Todo alrededor parecía demasiado normal para una pregunta así.
—Hace años.
—¿Cuántos?
—Cinco.
Cinco años.
Antes de ella.
Eso debería aliviar algo.
No alivió casi nada.
—¿Cuánto duró?
—Casi dos años.
Casi dos años.
No era una historia pequeña.
No era una anécdota.
No era una mujer que él había conocido de paso.
Clara había sido alguien.
Ella sintió una punzada nueva, absurda, injusta. Celos hacia un pasado que no le pertenecía. Celos de una versión de él que Clara había tenido antes. Celos de palabras que quizá también le dijo. De promesas. De cafés. De domingos. De llaves. De cajas de música.
—¿La caja era tuya? —preguntó de pronto.
Clara abrió un poco los ojos.
Ahí estaba.
La respuesta antes de la respuesta.
—Sí —dijo.
El cuerpo se le heló.
—No.
Clara no habló.
—No —repitió ella—. La caja de música no.
—Él me la regaló a mí primero.
El mar golpeó más fuerte contra la orilla.
O quizá eso le pareció.
La caja de música.
El mercadillo.
La lluvia.
“Para que guardes cosas que no quieras perder.”
La frase, de pronto, ya no era solo de ella.
No era primera vez.
No era única.
No era suya.
Sintió náuseas.
Dio un paso atrás.
—Me regaló algo que ya te había regalado a ti.
Clara asintió despacio.
—No exactamente la misma. La mía era parecida. Muy parecida.
—¿Y tú cómo lo sabes?
Clara metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó algo.
Una fotografía pequeña.
No se la ofreció enseguida.
Solo la sostuvo entre los dedos.
—Porque durante un tiempo pensé que algunas cosas eran irrepetibles.
Ella no quería mirar.
Miró.
En la fotografía se veía una mesa de madera. Una taza. Una caja de música abierta. Clara más joven, riendo, con el pelo más largo y esa misma bufanda verde sobre los hombros. Al otro lado de la imagen, solo una mano masculina apoyada cerca de la caja.
No hacía falta ver la cara.
Ella conocía esa mano.
La había sostenido.
La había esperado.
La había echado de menos.
De pronto le pareció que todo dentro de ella se llenaba de habitaciones repetidas.
La taza.
La caja.
El mar prometido.
Las frases.
¿Cuántas cosas habían sido realmente suyas?
Clara guardó la foto.
—No te la enseño para hacerte daño.
—Pues qué éxito.
Clara aceptó el golpe en silencio.
Ella se alejó unos pasos hacia el agua. Las olas llegaban suaves, mojándole apenas la punta de las zapatillas. No le importó. Miró el horizonte.
Durante días había intentado no odiarlo. Había intentado salvar lo bueno de la historia. Había querido creer que hubo luz aunque después se apagara. Pero en ese momento algo en ella se retorció.
No por descubrir que Clara existió antes.
Sino por descubrir que quizá él había repetido gestos que ella creyó únicos.
Y una no sabe cuánto necesita sentirse irrepetible hasta que descubre que algunas promesas venían recicladas.
—¿Por qué te acercaste a mí? —preguntó sin mirarla.
Clara tardó en responder.
—Porque te vi llorar frente a una taza.
Ella cerró los ojos.
La cafetería.
El primer día.
—Y te reconocí.
—Claro —dijo ella, amarga—. Porque tú también habías llorado por él.
—Sí.
—Perfecto.
—Pero no solo por eso.
Ella se giró.
Clara estaba unos pasos detrás, con la bufanda verde apretada por el viento contra el abrigo.
—Te reconocí porque vi a una mujer intentando no desaparecer. Y eso no era suyo. Ni mío. Era tuyo.
Ella quiso responder, pero no encontró nada.
Clara continuó:
—Al principio pensé que no debía acercarme. Luego pensé que quizá solo podía dejarte una frase, nada más. Después te vi volver. Te vi escribir. Te vi empezar a ocupar la mesa como si estuvieras aprendiendo a respirar allí. Y entonces ya era tarde para decirlo sin romper algo.
—Así que decidiste callarte.
—Sí.
—Qué generosa.
Clara bajó la cabeza.
—No fue generoso. Fue cobarde.
Aquella palabra sí entró distinta.
Cobarde.
No venía de ella.
Venía de Clara.
Y aun así no bastaba.
—¿Él sabía que me estabas hablando?
—No.
—¿Seguro?
—Seguro.
—Entonces, ¿por qué escribió la nota?
Clara se quedó quieta.
Demasiado quieta.
La pregunta había tocado otra cosa.
—Porque la escribió antes de que tú me conocieras.
Ella sintió un escalofrío.
—Explícate.
Clara miró hacia la bolsa donde estaba el libro azul.
—Esa nota no es de ahora.
—Ya lo sé.
—No la escribió pensando que tú y yo nos encontraríamos en una cafetería.
—Entonces, ¿por qué empieza diciendo “si algún día conoces a Clara”?
Clara tragó saliva.
—Porque él sabía que había una posibilidad.
—¿De qué?
Clara no respondió enseguida.
El mar llenó el hueco.
Ella sintió que se le tensaban las manos.
—¿De qué, Clara?
—De que algún día tú buscaras respuestas sobre mí.
—¿Por qué iba a buscar respuestas sobre ti si no sabía que existías?
Clara cerró los ojos.
Y entonces ella lo entendió.
No todo.
Solo una pieza.
Una pieza horrible.
—Tú seguías en su vida cuando yo llegué.
Clara abrió los ojos.
—No como estás pensando.
Ella soltó una carcajada breve, rota.
—Esa frase debería estar prohibida.
—Lo sé.
—¿Seguías o no seguías?
Clara miró al suelo.
—Seguía.
El mundo se detuvo un poco.
No como antes.
Peor.
Porque esta vez la palabra no era pasado.
Era durante.
Seguía.
Clara seguía en su vida cuando ella llegó.
La nota.
La caja.
La advertencia.
El miedo de él.
Todo empezó a reorganizarse en una forma que ella no quería mirar.
—¿Fuisteis amantes? —preguntó.
Clara levantó la cabeza.
—No.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—¿Entonces qué eras?
Clara respiró hondo.
—Alguien que no sabía irse de su vida aunque él ya hubiera empezado otra.
La frase fue como una ola fría.
No era una absolución.
No era una condena.
Era algo más incómodo.
Algo que se parecía demasiado a lo que ella misma había estado haciendo estos días.
No saber irse.
Quedarse cerca de una vida donde una ya no tenía sitio.
Ella sintió rabia por esa semejanza.
—No me compares contigo.
—No lo hago.
—Sí lo haces.
—No. Solo digo que yo también confundí esperar con amar. Mucho antes que tú.
El viento le llenó los ojos de agua.
O eso quiso creer.
—¿Él me mintió?
Clara no respondió rápido.
Y eso fue respuesta suficiente para que el pecho se le hundiera.
—Clara.
—Sí —dijo al fin—. Pero quizá no de la forma que estás imaginando.
Ella se llevó una mano a la cara.
No quería oír más.
Necesitaba oírlo todo.
—¿Qué mentira?
Clara miró el libro azul.
—Está en la nota.
—No quiero que una nota me lo diga.
—Lo sé.
—Dímelo tú.
Clara cerró los ojos.
Cuando los abrió, ya no parecía la mujer sabia de la cafetería.
Parecía simplemente una mujer cansada.
Una mujer que también había tenido que sobrevivir a su propio nombre dentro de una historia mal contada.
—Cuando él te conoció —dijo Clara—, todavía venía a verme algunos domingos.
Ella sintió que el aire desaparecía.
Domingos.
La vieja cafetería.
La taza sola.
Los desayunos.
Los lugares que ya no sabía pisar sin ella.
Domingos.
—¿A verte cómo?
—A hablar.
—¿A hablar?
—Sí.
—¿Y tú esperabas que volviera?
Clara sostuvo su mirada.
—Sí.
La sinceridad le dolió más que una mentira.
—¿Y él?
—Él decía que no quería hacerme daño.
Ella casi sonrió.
No quería.
Otra vez no quería.
Qué hombre tan lleno de intenciones limpias y consecuencias sucias.
—¿Sabía que tú esperabas?
—Sí.
—¿Y aun así venía?
—Sí.
Ella miró el mar.
Los ojos se le llenaron de lágrimas.
No lloró por Clara.
No lloró por él.
Lloró por una forma de mujer que empezaba a reconocer en ambas: mujeres esperando en habitaciones distintas a que el mismo hombre decidiera ser claro.
—¿Y cuando empezó conmigo?
Clara bajó la voz.
—Me dijo que estaba intentando rehacer su vida.
—Qué elegante.
—Sí.
—¿Y tú?
—Yo fingí que lo aceptaba.
—Pero no lo aceptaste.
—No.
La rabia de ella empezó a cambiar de forma.
Ya no era una flecha.
Era una piedra pesada.
—Entonces la nota…
—La escribió después de una discusión conmigo. Yo le dije que algún día alguien tendría que pagar por todas las cosas que él no sabía cerrar. Él me dijo que tú no tenías culpa de nada. Yo le dije que precisamente por eso debía decirte la verdad.
—¿Y no me la dijo?
Clara negó.
—Escribió esa nota.
Ella rió sin alegría.
—Qué valiente.
—La guardó en la caja. Dijo que algún día, si hacía falta…
—Si hacía falta —repitió ella—. Como si la verdad fuera un extintor detrás de un cristal.
Clara no respondió.
El mar siguió.
Ella miró hacia el hotel, visible a lo lejos.
La habitación doble.
El balcón.
La nota.
La caja.
Todo se había vuelto más pesado.
Pero también, extrañamente, más claro.
—¿Por qué viniste hasta aquí? —preguntó.
Clara apretó la bufanda contra el cuello.
—Porque si leías esa primera línea sola, podías pensar que yo era la amenaza.
—¿Y no lo eres?
Clara aceptó la pregunta.
—No lo sé.
Aquello la sorprendió.
—No sabes si eres una amenaza.
—No sé qué soy en tu historia. Eso no puedo decidirlo yo.
La respuesta la dejó sin palabras.
Por primera vez desde que Clara apareció en el paseo, no sintió solo rabia. Sintió algo más peligroso: comprensión.
No perdón.
No todavía.
Comprensión.
Y eso le dio miedo.
Porque comprender a alguien que te ha herido puede parecer una forma de traicionarte si aún estás sangrando.
Clara dio un paso atrás.
—No he venido a pedirte nada.
—Pero has venido.
—Sí. Porque callarme otra vez habría sido repetir la misma cobardía.
Ella miró la arena.
Luego el mar.
Luego la bufanda verde.
—No sé qué hacer contigo.
Clara asintió.
—No tienes que hacer nada hoy.
—Todo el mundo me dice eso últimamente.
—Quizá porque es verdad.
El silencio entre las dos cambió apenas.
No se volvió cómodo.
Pero dejó de morder.
Ella sacó el libro azul del bolso.
La nota seguía dentro.
—No la he leído entera.
—Lo sé.
—¿Debería?
Clara miró el papel como si también le diera miedo.
—No puedo responderte eso.
—Por fin.
Clara casi sonrió.
Casi.
Ella abrió el libro.
Sacó la nota.
La sostuvo.
El viento intentó doblarla.
Clara se tensó.
—Si la lees, que sea por ti.
Ella levantó la vista.
—No por él.
—No por mí tampoco.
Aquello importaba.
No sabía por qué, pero importaba.
Miró la primera línea otra vez.
“Si algún día conoces a Clara, no la odies por haberme querido antes que tú.”
Pasó a la siguiente.
La letra de él continuaba, inclinada, algo apurada, como si la hubiera escrito sin respirar bien.
“Ódianos, si tienes que odiar a alguien, por no haber sabido salir de una historia antes de empezar otra.”
Ella cerró los ojos.
Ahí estaba.
No todo.
Pero suficiente.
Clara soltó una respiración que parecía llevar años dentro.
Ella no siguió leyendo.
Dobló la nota.
La guardó en el libro.
—No puedo más.
—Lo entiendo.
—No. No lo entiendes todo.
Clara asintió.
—No.
Ella miró el hotel.
—Tengo que recoger la habitación.
—Ve.
—No quiero que vengas.
—No iba a hacerlo.
—Tampoco quiero que desaparezcas.
La frase salió antes de poder vestirla.
Clara la miró.
Algo se movió en sus ojos.
—Entonces estaré cerca. Pero no encima.
Ella asintió.
Eso, por alguna razón, le pareció la primera cosa justa del día.
Caminó hacia el paseo sin mirar atrás.
Pero al llegar a las escaleras de piedra se detuvo.
—Clara.
La mujer de la bufanda verde levantó la cabeza.
—¿Sí?
—¿Lo sigues queriendo?
El viento pareció callarse un segundo.
Clara miró el mar.
Luego a ella.
—No como antes.
Aquella respuesta no bastaba.
Pero era honesta.
—¿Y eso qué significa?
Clara tardó en contestar.
—Que ya no volvería a perderme por él. Pero todavía me duele la mujer que fui cuando lo esperaba.
Ella sintió que la frase le entraba despacio.
Como una ola baja.
Como algo que no pide permiso, pero tampoco arrasa.
No dijo nada más.
Subió las escaleras.
Caminó hacia el hotel.
Cada paso pesaba.
Cada paso era suyo.
En recepción le entregaron la tarjeta de la habitación.
—Ya está lista. Segunda planta. Habitación 204.
Subió en ascensor.
El pasillo olía a madera, a limpieza y a algo marino que quizá solo imaginaba.
Se detuvo frente a la puerta.
Metió la tarjeta.
La luz verde se encendió.
Entró.
La habitación era luminosa.
Demasiado luminosa para lo que ella traía dentro.
Había una cama doble con dos almohadas. Dos vasos sobre el mueble. Dos toallas perfectamente dobladas. Y al fondo, un balcón abierto al mar.
Vista frontal.
Tal como decía la reserva.
Dejó el bolso sobre la cama.
Sacó el libro azul.
La nota seguía dentro.
No la leyó.
Fue hacia el balcón.
El mar ocupaba todo.
Grande.
Indiferente.
Suficiente.
Entonces el móvil vibró.
Pensó que sería él.
O Clara.
Pero no.
Era un mensaje de Laura.
“No sé qué está pasando, pero Clara me pidió hace días que, si todo se rompía, te dijera esto: ella no fue la única que esperó.”
Ella leyó el mensaje.
Una vez.
Dos.
La habitación pareció agrandarse.
No fue la única.
Clara no fue la única que esperó.
Ella tampoco.
Entonces, ¿quién más?
El móvil vibró de nuevo.
Esta vez sí era él.
“Hay otra persona de la que nunca te hablé.”
Y el mar, frente a ella, dejó de parecer horizonte.
Durante un segundo pareció abismo.
