Reflexiones junto al mar
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Capítulo 19 — Soy Inés

El mensaje permaneció en la pantalla como una grieta.

“Soy Inés. Necesito hablar contigo antes de que él vuelva a mentirte.”

Durante unos segundos no ocurrió nada.

Ni dentro ni fuera.

El mar seguía golpeando la orilla al otro lado del balcón. La carta de Inés continuaba abierta sobre la cama, con aquellas frases imposibles escritas por una mujer que, según todos, estaba muerta. Clara seguía en alguna parte del hotel, quizá en la terraza, quizá en el vestíbulo, quizá mirando el mismo mar con la bufanda verde entre las manos.

Y ella estaba allí.

De pie.

En la habitación 204.

Con el móvil encendido en una mano y una carta de una muerta sobre la cama.

Volvió a leer.

“Soy Inés.”

No.

La primera reacción fue esa.

No.

No porque supiera nada, sino porque el cuerpo a veces rechaza lo imposible antes de que la mente pueda organizarlo. Inés estaba muerta. Clara lo había dicho. Él lo había dicho. La carta hablaba como hablan las personas que no esperan volver a explicar nada. Todo el dolor de aquella historia se sostenía sobre esa ausencia.

Inés murió.

Inés no estaba.

Inés era la ausencia.

Entonces, ¿quién escribía?

El móvil vibró de nuevo.

El mismo número desconocido.

“No contestes a nadie todavía. Ni a él. Ni a Clara.”

Sintió frío en la espalda.

No contestes a nadie.

Otra orden.

Otra voz queriendo dirigir el próximo movimiento.

De pronto el nombre importó menos que el gesto.

Él le había pedido que no leyera.

Clara le había pedido que respirara.

Y ahora aquella supuesta Inés le pedía que no contestara.

Todos, incluso los muertos, parecían tener instrucciones para ella.

Soltó una risa breve.

No de humor.

De agotamiento.

—No —susurró.

Dejó el móvil sobre la cama, al lado de la carta, y fue hasta el balcón. Necesitaba aire. Necesitaba ver algo que no cupiera en una pantalla. El mar estaba allí, ancho, gris, hermoso y cruel. Abajo, en el paseo, la gente seguía caminando sin saber que en una habitación del segundo piso una mujer acababa de recibir un mensaje de alguien que no debería poder escribir.

Apoyó las manos en la barandilla.

El viento le movió el pelo.

Miró hacia la terraza del hotel.

Clara seguía allí.

La vio enseguida.

Sentada en una mesa cerca del cristal, sin la bufanda puesta, con las manos alrededor de una taza. Parecía más pequeña desde arriba. Menos sabia. Menos personaje. Más mujer.

La protagonista pensó en la frase de la carta:

“No eres su casa, Clara. Nadie debería ser la casa de alguien que se niega a encender sus propias luces.”

Inés había escrito eso para Clara.

Y ahora alguien que decía ser Inés le escribía a ella.

Volvió a la habitación.

Cogió el móvil.

Leyó otra vez los mensajes.

“Soy Inés.”

“Necesito hablar contigo antes de que él vuelva a mentirte.”

“No contestes a nadie todavía. Ni a él. Ni a Clara.”

Los tres mensajes formaban una escalera. Y cada peldaño bajaba a un sitio más oscuro.

Podía llamar.

Podía bloquear.

Podía bajar a Clara y enseñarle la pantalla.

Podía escribirle a él.

Podía abrir la puerta y marcharse del hotel.

Podía hacer muchas cosas.

Pero por primera vez en mucho tiempo no quería actuar desde el sobresalto.

Se sentó en el borde de la cama.

Cogió la libreta.

La abrió por una página limpia.

Escribió:

“Cuando algo imposible llama, no tengo que abrirle solo porque sepa mi nombre.”

Miró la frase.

Luego añadió:

“Estoy cansada de que mi miedo tenga más reflejos que mi cuidado.”

Eso era.

Su miedo era rápido.

Su cuidado, todavía, tenía que aprender a llegar a tiempo.

Respiró.

Una vez.

Otra.

Cogió la carta de Inés.

No el móvil.

La carta.

El papel era real. Pesaba. Tenía textura. Olor leve a tiempo guardado. La letra no parpadeaba, no vibraba, no exigía respuesta inmediata.

Siguió leyendo donde lo había dejado.

“Nadie vivo debería competir con una ausencia.”

Debajo, Inés continuaba:

“Si estás leyendo esto, Clara, quizá ya has olvidado algo importante: mi hermano no necesita una mujer que le cuide la herida. Necesita aprender a mirar la herida sin pedirle a nadie que sangre con él.”

La protagonista tragó saliva.

Cada frase parecía escrita para otra y, sin embargo, le quitaba una venda a ella.

“No le quieras desde la culpa. La culpa es una habitación sin ventanas. Al principio parece refugio, pero luego descubres que no sabes salir.”

Dejó la carta sobre sus rodillas.

Pensó en todos los días en que había sentido culpa por no responderle. Por poner límites. Por dudar. Por querer irse al mar. Por no bajar cuando él estaba en el portal. Por no leer la nota cuando él quería. Por leerla cuando él no quería.

La culpa siempre encontraba la forma de sentarse en su mesa.

Volvió al papel.

“Y si algún día él ama a otra persona, o cree amarla, espero que esa mujer no confunda su tristeza con profundidad. A veces una persona rota parece intensa, pero solo está pidiendo una lámpara para no encender la suya.”

Cerró los ojos.

Eso dolía.

Porque ella también había confundido algunas sombras con misterio. Algunos silencios con sensibilidad. Algunas distancias con mundos interiores que merecían paciencia.

Quizá él era profundo.

Quizá también estaba roto.

Pero una cosa no autorizaba la otra.

Ser herida no da derecho a convertir a otros en vendaje.

El móvil vibró.

No lo miró.

Siguió leyendo.

“Te escribo esto porque te quiero, Clara. Y porque lo quiero a él también. Pero querer a alguien no siempre significa quedarse cerca. A veces querer es no ocupar el lugar que esa persona intenta darte para no enfrentarse a su propio vacío.”

Pasó la página.

La siguiente tenía solo unas líneas.

“Si algún día dudas, recuerda esto: salvar a alguien que no quiere salvarse puede parecer amor, pero a menudo es una forma elegante de desaparecer.”

La protagonista dejó escapar el aire.

Desaparecer.

Esa era la palabra.

Había desaparecido poco a poco. Primero en los planes que no se hicieron. Luego en las preguntas que dejó de formular. Después en la manera de pedir menos, esperar más, adaptarse mejor, fingir calma, hacer hueco al dolor de él sin saber siquiera su nombre completo.

Inés, muerta o no, le estaba hablando desde un lugar anterior al suyo.

Y eso la enfurecía y la salvaba a la vez.

El móvil volvió a vibrar.

Dos veces.

Miró.

El número desconocido.

“Sé que estás en el hotel.”

El estómago se le cerró.

No era una frase cualquiera.

Sé que estás en el hotel.

Ya no era misterio.

Era presencia.

Alguien sabía dónde estaba.

Alguien que usaba el nombre de Inés.

Alguien que le decía que no contestara a nadie.

El miedo subió por el cuerpo con una claridad brutal.

Esta vez no dudó.

Cogió el móvil y llamó a recepción.

—Hotel Miramar, buenas tardes.

—Hola. Soy la habitación 204.

Su voz sonó más tranquila de lo que se sentía.

—Dígame.

—¿Hay alguien preguntando por mí?

Hubo una pausa.

Demasiado breve para ser inocente.

—Un momento, por favor.

Escuchó ruido de fondo. Un murmullo. La voz de la recepcionista alejándose del auricular.

Luego volvió.

—No, señora. Ahora mismo no hay nadie preguntando por usted.

—¿Está segura?

—Sí. ¿Ocurre algo?

Miró el mensaje.

“Sé que estás en el hotel.”

—He recibido un mensaje extraño.

—¿Quiere que avisemos a seguridad?

Seguridad.

La palabra le pareció exagerada y, al mismo tiempo, deseable.

—No. No hace falta. Pero si alguien pregunta por mí, no den mi habitación. A nadie.

—Por supuesto.

—A nadie —repitió.

—Queda anotado.

Colgó.

La mano le temblaba.

Fue hasta la puerta y comprobó el pestillo. Cerrado. Luego colocó la cadena. Después se sintió absurda. Después se sintió menos absurda.

Volvió al balcón.

Clara ya no estaba en la terraza.

No.

Miró bien.

La mesa estaba vacía.

La taza seguía allí.

Pero Clara no.

El móvil vibró.

Clara.

“Estoy subiendo.”

El corazón se le subió a la garganta.

No.

Había dicho que no subiera.

Había pedido que no subiera.

Escribió:

“Te dije que no subieras.”

Clara respondió al instante:

“Lo sé. Pero Laura me ha llamado. Alguien ha ido a la cafetería preguntando por ti. No era él.”

La habitación pareció inclinarse.

No era él.

Alguien en la cafetería.

Alguien en el hotel.

Alguien escribiendo desde un número desconocido.

Soy Inés.

Ella se quedó mirando la puerta.

Al fondo del pasillo sonó el ascensor.

Un pitido.

Puertas abriéndose.

Pasos.

No sabía si eran de Clara.

No sabía si eran de alguien más.

El móvil vibró otra vez.

Número desconocido.

“No dejes entrar a Clara.”

El mundo se volvió estrecho.

Miró la puerta.

Miró el móvil.

Miró la carta abierta sobre la cama.

Pensó en llamar a recepción otra vez.

Pensó en empujar una silla contra la puerta.

Pensó en esconderse en el baño.

Pensó en lo absurdo que era todo aquello para una historia que había empezado con una mujer abriendo una ventana y preparándose una taza de café.

Los pasos se detuvieron frente a su puerta.

Silencio.

Luego, tres golpes suaves.

No el timbre.

Golpes con los nudillos.

Clara habló desde fuera:

—Soy yo.

Ella no contestó.

Miró el móvil.

“No dejes entrar a Clara.”

La voz de Clara volvió, más baja:

—No tienes que abrir. Solo escúchame.

La protagonista no se movió.

La cadena puesta.

El pestillo cerrado.

La carta de Inés en la cama.

El mar detrás.

La supuesta Inés en la pantalla.

Clara respiró al otro lado de la puerta.

—Inés tenía una hija.

El aire desapareció.

Una hija.

La frase cruzó la madera y entró en la habitación como una ola negra.

Ella llevó una mano a la boca.

Clara continuó:

—Y si alguien está usando su nombre, creo que puede ser ella.

El móvil vibró.

Número desconocido.

Un nuevo mensaje.

Esta vez no había palabras.

Solo una fotografía.

La abrió con los dedos fríos.

Era una imagen antigua.

Tres personas en una playa.

Él, mucho más joven.

Clara, con el pelo largo y la bufanda verde.

Y una mujer que ella no conocía, sonriendo con una niña pequeña en brazos.

La mujer debía ser Inés.

La niña miraba a la cámara con ojos enormes.

Debajo de la foto llegó otro mensaje:

“Mi madre no murió para que todos la convirtierais en excusa.”

Ella se quedó sin respirar.

Al otro lado de la puerta, Clara susurró:

—Ábreme solo si quieres. Pero no leas eso sola.

Esta vez la frase no sonó a orden.

Sonó a miedo.

A miedo de verdad.

La protagonista miró la foto.

La niña.

La hija de Inés.

La mujer muerta que no estaba del todo fuera de la historia.

Y entonces entendió que aquella no era una verdad antigua.

Era una herida viva.

Una herida que acababa de encontrarla en la habitación 204.

Puso la mano sobre la cadena de la puerta.

No la quitó.

Todavía no.

Pero por primera vez desde que llegó al hotel, deseó no estar sola.

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